domingo, 5 de abril de 2026

Cosas simples, pero revolucionarias…


La fila es larga tanto como la espera, los paquetes hacen parte de una geografía que rompe los ojos y hace más grande esa distancia entre el afuera y el adentro. Familias enteras que esperan por ingresar al recinto penitenciario más poblado de todo el sistema sufren los inconvenientes asociados a las fallas estructurales de un sistema que no acompañó el exponencial crecimiento de su población. La espera es angustiante, los niños se impacientan y eso es motivo de preocupación adicional para el resto. Los ojos brillosos de un anciano denotan la tristeza que le provoca aquella espera. Y los paquetes… una interminable combinación de alimentos y elementos de higiene que sufren las limitaciones reglamentarias que bordean la frontera entre lo permitido y lo prohibido. Una línea muy delgada que se corta si no tiene asociada una mínima dosis de humanidad en el ambiente. Paquetes, grandes o chicos, donde la dignidad pesa demasiado y a los que había que alivianar con un poco de empatía. Así llegaron unos carritos de supermercado, como un pequeño gesto, simple pero revolucionario…

La revolución de las cosas simples

El Complejo de Unidades Nº 4 del INR, (ex ComCar), se encuentra ubicado próximo a Santiago Vázquez, en el departamento de Montevideo. Es el centro penitenciario más poblado de todo el sistema con una población que supera los cinco mil internos distribuidos en cuatro unidades con sus respectivos módulos.

Tras sufrir desgraciados episodios de violencia que llevaron a instancias judiciales de Habeas Corpus, se dispusieron una batería de medidas que, sin dar una solución definitiva, pusieron recursos para revertir una situación agravada por el hacinamiento y la falta de oportunidades para su población. Proyectar y poner en marcha los cambios requiere de una planificación y una gestión que no acompaña las urgencias que requieren los cambios. Sin embargo, hay pequeñas-grandes acciones que hacen la diferencia, simplemente con un poco de ingenio, audacia y voluntad.

Encerrarlos solamente no es ni será nunca una solución efectiva si no hacemos nada por esas personas que algún día saldrán en libertad. Existe una obligación legal de rehabilitarlos y ninguna rehabilitación puede ser tal si no tiene una dosis de dignidad asociada. Debemos entender que esa persona cometió un delito por el que pagará una condena pero que su permanencia en un centro de privación de libertad debe ser un tiempo donde reflexione y aprenda que tiene una oportunidad. Quizás una que no tuvo su víctima, pero él o ella sí.

Entonces, tenemos que hacer que ese tiempo sea un tiempo útil para todos, para quien está cumpliendo una condena, para su familia que sufre los inconvenientes asociados a su privación de libertad (largas esperas, revisorías invasivas, gastos imprevistos, y eso sin contar los costos emocionales que se suman para grandes y chicos). Con esa geografía rompiendo nuestros ojos nos propusimos empezar a dar pequeñas señales que, combinadas, fueran un conjunto de acciones que contagiaran a otros para construir un torrente de solidaridad.

Y si alguno piensa que no hay en todo esto un móvil egoísta se equivoca, porque también lo hacemos por nosotros mismos. Porque todos somos (algunos lo fuimos) potenciales víctimas, y algo tenemos que hacer para cortar con una cadena de violencia en la que todos perdemos. Si logramos que, aunque más no sea una persona no reincida, habremos ganado la batalla, y así, sumando pequeñas victorias algún día ganaremos esta guerra.

Una plaza, unos baños y unos carritos para la dignidad

Si logramos aliviar los efectos de la espera a un centro penitenciario, podríamos bajar los niveles de violencias que se transmiten luego para adentro. Si las familias y, especialmente, los niños, ingresan sin signos de haber sufrido malos tratos o el estrés de la espera, seguramente el interno apreciará el cambio y disfrutará de una visita que lejos de sumarle más problemas aliviará su estancia y lo alejará por un momento de los muros y del encierro. De ese modo fue que nos propusimos impulsar cambios desde la puerta misma del mayor centro penitenciario nacional, mejorando la batería de baños públicos y construyendo un rincón de juegos para los más pequeños pegado a la revisoría del complejo. La dignidad empezaba a decir presente para sorpresa de muchas familias que apreciaron el gesto y que acompañan hoy los cambios usando y cuidando las instalaciones.

Pero esos cambios necesitaron de mucho esfuerzo colectivo de empresas como CUTCSA, de los funcionarios del INR (policías y operadores penitenciarios), de compañeros legisladores y de los colectivos de familiares que se sumaron a la iniciativa. Las oportunidades deberán llegar más temprano que tarde pero no podíamos esperar que llegaran, teníamos que salir a buscarlas.


Los cambios en la atención de la revisoría se hicieron notar, y hoy ha mejorado según nos informan familiares. Es que todo cambio genera pulsiones y resistencias, pero estos cambios propuestos solo requerían de un poco de empatía y entender que todas somos personas y nos debemos respeto desde el lugar que ocupa cada uno. Así los niños ya no esperan aburridos, tienen juegos donde disfrutar y gastar energía mientras esperan; las colas achicaron los tiempos, los baños lucen prolijos y limpios. Pero todavía faltaba algo que nos golpeaba la vista: los paquetes.

Así fue que acudimos a la colaboración de empresarios que nos dispusieron insumos para que ya no cargaran pesados bultos, sino que el traslado de los paquetes se hiciera con la comodidad de hacerlo en un carro de supermercado. Gracias a la invalorable colaboración del presidente de la Cámara de Comercio y Servicios del Uruguay - Julio César Lestido-, y de autoridades de la línea de supermercados El Dorado, accedimos a esos "simples" insumos que hacen parte de esta "revolución", acercando –de alguna manera- al afuera con el adentro de un establecimiento penitenciario. Las familias ya no padecen ese trayecto cargando pesados bultos, sino que lo hacen de forma fácil y sin mayores esfuerzos.

“La revolución de las cosas simples”, pequeñas acciones que no requieren de otra cosa que un poco de empatía, ponerse en el lugar del otro y empezar a generar una cadena de solidaridad.

A pocos días de su implementación las respuestas llegaron de parte de los propios beneficiarios de la iniciativa, generando una corriente de mensajes positivos que empieza a cambiar el clima interno. Pequeños gestos, mínimas intervenciones, pero que hacen la diferencia en un recorrido que implica dar un paso a la vez para seguir avanzando.

Cosas simples, pero revolucionarias… ¿no?

 

Graciela


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